Quien trabaja por cuenta propia conoce ese constante equilibrio entre libertad y riesgo, entre sostenerse solo y buscar estabilidad. Esa misma dualidad se refleja en La Vagabonde de Colette, una novela donde la comodidad y la autonomía se buscan y se esquivan, como dos fuerzas que definen el movimiento interior de Renée Néré, incluso cuando la estabilidad llama a la puerta disfrazada de comodidad. Prosa vestida de desprendimiento, autonomía y valor. El valor cotidiano de levantase trabajar, insistir y volver a uno mismo.
Hoy, esa novela evoca más que imaginación, una realidad que nos pesa. Y también, podría ser el reflejo de la vida del autónomo español.
Porque en nuestras calles —hoy, en España— se vieron manos alzadas, negro de luto simbólico, guantes rojos por la sangría económica. No se pidió privilegio, se pidió oxígeno: cuotas justas, trámites asumibles, protección social real comparable a la del asalariado. Libertad sí, pero viable. Una que se conquista una y otra vez, y se defiende todos los días.
Y en esta realidad entra en juego una palabra clave: protección.
Un autónomo de cualquier sector de actividad o tamaño puede perderlo todo en un solo golpe: un error profesional, una baja inesperada, la muerte de un socio fundador pieza clave del engranaje empresarial, un impago, una reclamación civil. Lo improbable existe, y cuando ocurre duele. Por eso, la prevención no es un lujo: es estrategia de supervivencia y continuidad.
Y entonces, ¿qué debe considerar un autónomo? Su seguro de responsabilidad civil, su protección personal ante pérdida de ingresos temporales y su futuro, con planes de ahorro sistemáticos (PIAS), esta vez, con la ventaja fiscal para desgravar y, también, garantizar la continuidad.
Muchos lo dejan para mañana. Y pasan los meses y los años, hasta que la causalidad, una vez improbable, toca la puerta.
Podemos exigir reformas -y deben llegar-, pero mientras el sistema es el que es, el autónomo no puede quedar desprotegido por el peso de sus propias decisiones. Hay herramientas para sostener el negocio, para paliar las pérdidas económicas y para resistir.
El rescate estructural corresponde a las instituciones; la resiliencia, al autónomo.
Porque, si el autónomo desaparece, no se pierde un negocio: se pierde empleo, consumo, impuestos, y comunidad. Si cae él, cae todo lo que sostiene.